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lunes, 1 de noviembre de 2010

La chatarrización humana

Por Samuel Arango M.

Publicado el 1 de noviembre de 2010 en El Colombiano

Caminaba con un amigo por el centro de la ciudad. De repente, un gamín que venía a la carrera chocó con mi amigo y le dijo: ¡quite de ahí, cucho HP! El gamín continuó su carrera y mi amigo, rojo de la ira y con los ojos desorbitados me dice: ¡Viste, me dijo cucho!

Existe una norma que obliga a los empleados oficiales a la jubilación forzosa cuando cumplen 65 años. Les dicen cuchos y los declaran oficialmente en proceso de chatarrización. Váyanse, ya no sirven.

A lo anterior se agrega que a pesar de haber aportado a lo largo de la vida cerca de 150 millones de pesos al seguro de salud, ahora el valor de ese seguro, en la misma fecha de los 65, le sube casi un 300%. Me recuerda el caso de dos ancianitas en un pueblo, una de ellas enferma y la visita el médico. Le deja la receta y la hermana va a la farmacia a comprar las drogas. Cuando regresa, la enferma le dice: ¿Trajiste los remedios? La hermana contesta: Noooo, morite Elena.

En fin, que la chatarrización humana es una norma de la República, obviamente injusta y discriminatoria. A esa edad es mucho lo que normalmente puede una persona aportar a sus semejantes, lo testimonian dirigentes de talla mundial, Papas, artistas.

Pero la edad no es una cuestión de años, puede que el cuerpo se arrugue. La vejez llega cuando se arruga el alma. Cuando no hay ideales, cuando no hay capacidad de asombro.

He decidido ser joven hasta que la muerte nos separe y aunque la sociedad me chatarrice, continuaré mi bella vida al servicio de los demás, a disfrutarla a plenitud.

Ahora me dedicaré a malcriar los nietos. A aprender más poesías. A darle a la gente más de lo que ella espera, con cariño. A no creer todo lo que oigo ni leo. A perdonar y olvidar. A pasar horas eternas en el campo. A soñar y a apoyar los sueños de los demás. A amar intensamente. A no juzgar. A buscar respuestas. A llamar a los amigos. A reconocer los errores y aprender de ellos. A conversar con quien disfruto conversar. A tener más tiempo para mí mismo. A leer y escribir más. A tomar fotos. A creer en Dios. A sonreír con inocente malicia. A compartir mis conocimientos y experiencias. A orar, para adquirir poder. A no hablar mal de nadie. A ir a lugares a donde nunca he ido. A aprender a romper las reglas de vez en cuando, sin causar mal. A amar y a cocinar con creatividad. A no creer que todo es pecado. A disfrutar lo que tengo y no envidiar lo que no tengo. En caso de preocupación, a mirar para abajo... A perdonar, pero nunca olvidar la experiencia. A sonreír la mayor parte del tiempo, la otra, también. A no regañar y menos temprano en las mañanas. A escuchar más música, es el regazo del alma. A no creerle a alguien que habla mal de todo el mundo, hablará mal de mí. A conversar con los niños.

¡Seré una chatarra de lujo!

martes, 12 de octubre de 2010

El feo vicio de trabajar

Por Samuel Arango M.
Publicado el 11 de octubre de 2010 en El Colombiano
 
Ojo, que usted puede ser víctima de una de las grandes plagas de los tiempos modernos: la laboradicción.

El laboradicto se despierta muy temprano, las seis ya es mediodía, y se mete al computador a terminar el borrador de sus trabajos o compromisos, a revisar el correo, a escribir las cartas pendientes. Llega antes que todos a la oficina, sin despedirse de los suyos, con un desayuno a medias. Se siente muy bien en llegar de primero y mejor en salir de último de la oficina. No tiene tiempo para vacaciones. Los domingos se "desatrasa" y prepara las órdenes para sus subalternos.

El laboradicto tiene la agenda copada, con reuniones, tres o cuatro al día; con citas, cinco o seis; con cosas por hacer y por deshacer; con cartas para escribir; con llamadas para efectuar; con gente para recibir y con gente para visitar; con razones para dar; con planes para delinear y viajes para concertar, con comités para coordinar.

El laboradicto teme, aunque no lo diga, que si no rinde, si no trabaja, lo echan, lo crean poco responsable, ineficiente, le pueden mover la silla. Por eso no le queda ni un segundo. Todo lo hace él, no delega, todo lo revisa una y varias veces, todo lo critica. Los dolores de cabeza, los mareos, las lucecitas que a veces ve, las agrieras continuas no le importan, ya pasarán porque por ahora hay que trabajar. No cae en la cuenta de que el tiempo que no le dedique a la salud ahora muy seguramente se lo dedicará a la enfermedad después.

Los laboradictos llevan la oficina para la casa, cargan el maletín repleto de documentos, papeles, catálogos, correspondencia, revistas. Llevan el computador portátil y las usb que le servirán para no perder tiempo. La vida personal, la familia, tendrá tiempo después, cuando se salga a vacaciones así no las haya tenido desde hace varios años. O para cuando ya haya realizado los sueños profesionales y haya triunfado en la vida. No sabe el iluso que muy posiblemente para esa época no tendrá familia, que cada uno, aprendida la lección, no tendrá tiempo para él, estará con otros con quienes ha compartido la vida, no con el extraño que es él para los suyos.

El laboradicto abre durante la noche, los fines de semana, las horas de descanso, el correo electrónico, no puede vivir sin él.

El laboradicto, como el alcohólico, no reconoce su problema y se encoleriza cuando alguien que lo quiere le insinúa su problema. Incluso se pregunta con frecuencia por qué tantos directivos como él se divorcian, por qué tienen tantos hijos desorientados, drogadictos, ausentes, rebeldes.

Ojo, si usted es laboradicto: Pare, reflexione, tome decisiones antes de que sea demasiado tarde. Dese su tiempo. Escriba en su agenda el tiempo para usted y para los que ama y lo aman. Revalúe su efectividad, sus relaciones con el trabajo, con la empresa, con su familia. Déle a las cosas su verdadero valor. Hágalo ahora que puede. Si no, ya será demasiado tarde.

Recuerde, el éxito a costa de su familia, de la salud, de la felicidad, NO es éxito.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Dios en la mente de los sabios

Por Samuel Arango M.
En la barbería, el barbero le decía al cliente que no creía en la existencia de Dios porque si El existiera no habría tanta maldad en el mundo, ni guerras, ni odios. El cliente calló para no contradecirlo y arriesgar su garganta. Pero cuando salió de la barbería se devolvió casi inmediatamente y le dijo al barbero: sabe que, yo no creo que existan los barberos porque acabo de ver un hombre barbado en la acera del frente. El barbero replicó, claro  si no ha acudido al barbero. El cliente sonrió y dijo, claro, si no hemos acudido a Dios.
Hace poco aparecieron unas declaraciones del famoso científico Stephen Hawkins que negaban la existencia de Dios ( lo que es afirmar su existencia) y encontramos lo que dijeron otros científicos:
Allan Sandage, astrologo que calculó la edad del universo: La ciencia fue la que me llevó a la conclusión de que el mundo es mucho  mas complejo de lo que podemos explicar. El misterio de la existencia sólo puedo explicármelo mediante lo sobrenatural.
Johannes Keppler, astrónomo: La magnificencia de tus obras quisiera yo anunciarla en la medida en que mi  limitada inteligencia pueda comprenderla.
Copérnico: ¿Quien que vive en intimo contacto con el orden mas consumado no se sentirá estimulado a las aspiraciones mas sublimes?
Hathaway, padre del cerebro electrónico: La naturaleza no es capaz de ordenarse a si misma. Por eso requiere una causa primera grande que no esta sometida a la segunda ley de la transformación de la energía y que por lo mismo es sobrenatural.
Newton: Lo que sabemos es una gota, lo que ignoramos un inmenso océano. La admirable disposición y armonía del universo no ha podido sino salir del plan de una Ser omnisciente y
omnipotente.
Linneo, botánico: He visto pasar de cerca al Dios eterno, infinito, omnisciente y omnipotente.
Ampere: ¡Cuan grande es Dios y nuestra ciencia una nonada!
Gauss, matemático: Cuando suene nuestra ultima hora será grande e inefable nuestro gozo al ver a quien en todo nuestro quehacer solo hemos podido vislumbrar.
Wernher Von Braun, constructor de cohetes espaciales: Por encima de todo esta Dios que creo el gran universo.
Albert Einstein, físico: Todo aquel que esta comprometido con el cultivo de la ciencia llega a convencerse de que en todas las leyes del universo esta manifiesto un espíritu infinitamente
superior al hombre y ante el cual, nosotros, con nuestros poderes, debemos sentirnos humildes.
Edison: Mi máximo respeto y mi máxima admiración a todos los ingenieros, especialmente al mayor de todos ellos: Dios.
Darwin: Pienso que la teoría de la evolución es totalmente compatible con la fe en Dios. El argumento máximo de la existencia de Dios me parece la imposibilidad de demostrar y comprender que el  universo inmenso, sublime sobre toda medida, y el hombre, hayan sido fruto del azar.
Samuel Arango: Es posible encontrar a Dios en el universo, pero se encuentra agazapado en lo mas profundo de nosotros mismos.