lunes, 17 de enero de 2011
Tan solo palabras
PUblicado en El Colombiano
No creo en las palabras de casi nadie. Están vacías, engañan. Dicen bellezas y hacen atrocidades. Hablan de paz mientras echan balas. Gritan decencia mientras se corrompen, se untan. Palabras que son capaces de añorar a los antepasados y pisotear a los presentes. Palabras que no se cumplen, que están vacías, que sólo suenan pero que no realizan nada. Palabras huecas como los corazones, como las cabezas. La palabra falsa se tomó la ciudad y el campo. Se dice sí cuando se quiere decir no. Se dice no cuando se quiere decir sí.
Pobre palabra en la que ya nadie puede creer porque la prostituyeron, la oxidaron, la masticaron sin compasión.
Escribir, hoy en día, es un ejercicio de hipocresía. No se puede decir la verdad porque lo matan. Lo único que vale es la mentira. O las palabras huecas. O escribir entre líneas para que sólo entienda quien escribe. O hay que darle espacio abierto y amplio a la estupidez.
Hay días en los que nada provoca escribir, porque no tiene sentido. La gran comedia del mundo está escrita y nos hemos aprendido el texto de memoria. No es la divina comedia, es la maldita.
Cantinflean los poderosos, cantinflean los humildes, los padres, los hijos, los sacerdotes, los gobernantes, los desempleados, los que ríen y los que lloran.
La peste de la habladuría invadió todos los rincones del planeta. La verdad y la mentira se confundieron en un macabro abrazo de destrucción y muerte.
Triunfa el que más hable, el que más palabras sin sentido pronuncie.
Este planeta y sus alrededores son un pegote de letras. La palabra se paró sobre todos los hombres y los estripó sin compasión.
Y lo grave es que los que escribimos tenemos como profesión la palabra, pero cuando ésta pierde sentido, nosotros también lo perdemos. ¿Para qué escribimos? ¿Para continuar atosigando al mundo? ¿Para continuar alimentando la hoguera que nos ha de consumir?
¡Pobre palabra, cómo te hemos pisoteado!
Ahora se entiende el mensaje eterno de los sepulcros blanqueados que por dentro son podredumbre y mortecina y que por fuera se visten de cocteles, de fiestas y de risas estridentes, de caridad sin justicia, de corrupción, de mentira inmisericorde.
Parados los unos sobre los otros gritamos nuestras obras de caridad que tapan las obras de injusticia. El ser humano es sólo palabra.
Y para saber que al principio era solo el Verbo y cuando se hizo carne lo crucificaron, como lo hacemos ahora con los desaparecidos, los asesinados, los secuestrados, los desplazados, los torturados, los despreciados.
Estamos con las palabras hasta el cuello y nos estamos ahogando como con un cordón umbilical.
Los delincuentes hablan y les creen, los justos hablan y los acusan o los satirizan.
Hoy en día la palabra no es una bella expresión del interior del hombre, es un arma más letal y dañina que un bombardeo. Hay días en los que las palabras no sirven ni siquiera para maldecir las palabras, como hoy.
Hasta que encontremos en la práctica, no se sabe cuándo, la única palabra que nos sacará del pozo nauseabundo de las palabras.
miércoles, 29 de septiembre de 2010
No se permiten niños
Por Samuel Arango M.
Hace unos años buscaba apartamento en Estados Unidos. Visité
varios edificios y en dos de ellos encontré un horripilante letrero que decía:
“No se permiten niños” En cambio, los apartamentos estaban llenos de perros,
pájaros, gatos y todo tipo de mascotas. Aún estoy traumatizado.
Pero ahora vivo en un bello y apacible barrio rodeado de parques, árboles, flores. Lo triste es que en esos parques “no se permiten niños” porque si salen a jugar a los parques se llenan de caca de perro.
Tampoco se permiten ancianos caminando y aprovechando las bancas, ni jóvenes haciendo deportes, porque se untan.
A un elegante ejecutivo joven le pedimos en tono cortés que por favor recogiera lo que su perro acababa de hacer y respondió furioso: “NO, ES ABONO”. Mi esposa le respondió: “pues equivale a
hacer sus necesidades en el parque. No es abono, es antiecológico y antihigiénico. Esos moscos que se paran en los excrementos de su perro son los que después se posarán en sus alimentos”.
En otra unidad tuve un vecino que poseía un bello perrito llamado Lukas. Soy tan de buenas que al animalito le encantaba hacer pipí en la puerta de mi apartamento. Mi esposa, desesperada, le echó pimienta al rincón sanitario canino y fuimos agredidos verbalmente por que éramos ïnhumanos” ya
que el Lukas olía su rincón preferido y salía desesperado estornudando como perro.
No es que le tenga fobia a los perros, de hecho hay tres en la finca, pero le tengo fobia a los amos y amas de todas las edades, que no educan a los perros porque ellos mismos no saben nada de cultura ciudadana.
Hay un vecino actual, ya maduro, que deja a su perro solo y encerrado en su apartamento por varios días. El pobre perrito ladra y chilla día y noche. Y los vecinos rabiamos día y noche. Otro vecino tiene un perrazo que ya ha mordido a varios, pero lo sigue sacando sin bozal y sin correa.
Insisto, el problema no son los animalitos, son los dueños, seres inmaduros, descarados, incivilizados, crueles, mal educados, atrevidos, groseros, abusivos.
Soñamos con aceras y parques limpios, con jardines cuidados por todos los vecinos, con senderos y prados libres de caca y orín, plenos de niños alegres, ancianos apacibles y serenos, jóvenes ranspirando energía, y también con perritos de dueños cultos.
HACEN FALTA MUCHAS CAMPAÑAS DE CULTURA CIUDADANA. Las normas solas no sirven, porque no hay quien las haga cumplir. Ojalá cobraran multas a los incultos, porque estas actitudes son causas de roces entre los ciudadanos y tienen impactos en el medio ambiente, en la higiene pública y en la salud de todos.